DÍA 1
Querido pastor:
Esta noche has perdido a tus ovejas.
No sabes qué ha ocurrido. Quizás un lobo vino y se las llevó.
Es tan solo una hipótesis, la más válida acaso, pues no contemplas que hayan sido ellas las que desearan abandonarte.
¿Cómo iba a ser? ¿Cómo ibas tú a contemplar tal circunstancia? Nunca te has parado a pensar en ellas. Si por tan solo te hubieras detenido en prestar atención, en escuchar sus deseos y necesidades, igual seguirían junto a ti.
Pero ha amanecido y no están.
Sal. Sal a comprobarlo. Mira a tus alrededores. Ve al cobertizo. Echa un vistazo al jardín trasero. Nada, ¿cierto? No hay signos de huida, no ves sangre, no ves restos de lo que pueda ocasionar una estampida.
Ahora, ahora estás sopesando la posibilidad de un abandono. Sigue, sigue pensando eso, te acercas a la verdad.
La verdad es cruel, sí, ya lo ves.
¿Cómo iban a darte de lado a ti, oh, gran pastor, que tanto amas y cuidas de tu rebaño?
¿Cómo ibas a darte cuenta de que estabas jugando con cada una de ellas?
¿Cómo ibas a percatarte de que con ninguna te comportabas debidamente?
¿A quién vas a pastorear ahora?
DÍA 8
Querido pastor:
Una de tus ovejas ha vuelto, sin heridas. Sana.
Parece que sin rencores, parece que con esperanzas al cambio.
Pastor, escúchala, atiéndela ahora que tienes otra oportunidad.
No, no vayas a comprobar si ha venido también el resto, dedícate a la que ha llegado, que no se vaya. Si lo haces debidamente, las demás volverán, no temas. Mírala, ¿qué te pide?
La noche cae, es hora de dormir. Retiraste el recinto donde habitaban sin esperanzas de regreso. Sorpresa, ¿eh?
DÍA 12
Querido pastor:
No hay quien te comprenda.
Ansías tanto la llegada de las demás que no valoras la fidelidad de la que te acompaña ahora.
Focalízate en lo que posees y no en lo que perdiste en el pasado. ¿No ves que ya de nada te sirve?
No hay noticias de las demás, nadie las vio marchar. Pero aún te queda algo a lo que aferrarte de lo que amabas antaño.