20190227

Viva la gloria

El mar estaba en calma, no se oía ni un solo ruido más que el ligero sonido de la marea. Existía aquí el sonido del silencio que él me mostró.
El mar se sentía seguro de no provocar ningún movimiento extraño. Confiaba totalmente de la fortaleza dada por su gran extensión; confiaba totalmente de la relajación que se infundía dada por la tranquilidad de lo que había sobre él; confiaba totalmente en todo aquello que albergaba en su interior, pues, si habitaba en él, pensaba que lo tendría controlado. En cierto modo.

El mar puede permanecer tranquilo, estable, relajado, imperturbable, todo lo que desee. Pero donde no hay movimiento, no hay vida. En lo que alberga halla vida, actividad constante. Sin embargo, por fuera, no es más que un desierto azul. Imperturbable.

El mar sabe que las cosas llegan sin avisar. El mar sabe que algo puede caer del cielo y agitar su zona de confort. Eso que llegue sabe que alterará cierta parte de lo que contenga. Sabe que esa acción externa no lo dejará impune. Sin embargo...

El mar recibe sorpresas. No muy a menudo, pero las recibe. Unas son más catastróficas, otras pasan más desapercibidas.


De repente, cae en el mar, sin avisar, algo que otras veces ha caído, de lo que creía estar escarmentado. Pero el mar no puede cambiar la forma de recibir las sorpresas: estas llegan, actúan y dejan mella. Una mella que tarda a veces más en desaparecer, sin embargo esa era de las que alteraba la marea, removía el interior y asustaba al ecosistema de la zona.

El mar temblaba. no se oía ni un solo ruido más que el ligero sonido de la marea y un ensordecedor vacío. Existía aquí el silencio tras la catástrofe.

El mar debería volver a lidiar con el nuevo efecto provocado en él. Lo conocía, sabía que podría volver a pasar, pero no puede hacer nada por que no le afecte. Lo que puede penetrar en él por acción externa, lo hará.

El mar debe reconocer sus debilidades, debe conocer ante qué es más débil. Debe saber afrontar las dificultades que ello de atraerá.






Decidí contarle mi preocupación puesto que siempre ha acertado con las palabras con las que se dirige a mi. No las mide. No las piensa. No las altera para no herir. Siempre acierta. Efectivamente, volvió a acertar. Me conmovió. Se lo dije. Que si estuviera cerca me iba a estrujar toda la tontuna con un abrazo. Justo, justo lo que necesitaba. ¿Por qué? No lo sé, pero con leerle sentí el calor de su abrazo, el tacto de su pelo en mi mejilla y mi cabeza apoyada en su hombro. Juro que lo sentí. Me destroza saber que eso no lo siento con nadie más. Me destroza porque cuando estoy lejos de él, deseo estar entre sus brazos. Cuando estamos cerca tan solo siento que somos una fuerte amistad. No me atrevo a dar un paso nunca. No quiero dar un paso en falso y hacerle sufrir si algo saliera mal. Pero lo echo tanto de menos... Se lo digo. Me dice que él también a mi. Y, como si estuviera dentro de mi cabeza, acto seguido, me pregunta si estoy bien en general. Lo leo. Mi cabeza se hace un lío. Quiero llorar y no puedo. Los pensamientos comienzan a pasar veloces. Y sigo sin poder responderle.
¿Qué me ocurre? Todo y nada. 
Todo. Te echo de menos. Desearía verte a cada instante, contarte qué me ocurre. Escuchar lo que haces. Disfrutar con tus historias y verte disfrutar con las mías. Pero no es posible.
Nada. No hay nada en especial que tenga que me mantenga distraída. Llevo meses que igual pasan varios días y no te pienso (impensable hace meses atrás).
¿Qué te digo? ¿Qué me ocurre?






"Little girl, little girl, why are you crying?
Inside your restless soul your heart is dying
Little one, little one, your soul is purging
Of love and razor blades your blood is surging."




20190131

Reyes

Escribo esto en la madrugada del 6 de enero, 02:30am en concreto, mientras mi madre se levanta cuidadosamente de la cama para no despertarnos ni a mi ni a mi hermana para preparar los regalos del día siguiente.


Mi madre, ante todo, es madre. Y muy madre. De eso mehe ido dando cuenta muy lentamente conforme he ido creciendo a u lado. Siempre he pensado que, si yo fuera madre, haría tal cosa y tal otra. Pero, hasta hoy, nunca me he puesto en su tesitura de cuando ella hubiese tenido ese pensamiento. Pensamientos de automejora, que supongo, que tendrá aún hoy en día.

Estos últimos meses he estado valorando la educación que mi madre me ha dado y los valores que me ha enseñado. Quiero decir que me dio por pensar en esto cuando estuve cantando en un karaoke de una fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos. Total, que me dio por pensar en esto y casi me pongo a llorar yo sola. Os cuento:

- Estuve recordando muchas de las veces que mi madre regañaba a mi padre por criticar superficialmente a alguien delante de mi, añadiendo un "no quiero que ella piense de esa manera". Eso lo decía cada vez que él añadía un "menuda gorda", o "seguro que es maricón", o "claro, como es una marimacho", y un largo etcétera. Como podréis imaginar, esto no se daba pocas veces. 

- Estuve recordando cada vez que yo venía con algúna idea nueva a casa sobre un cambio de look (pelo, ropa o pendientes y tatuajes de más mayor). Ella ha sido la única que, pese a darme su valor, opinión y juicio siempre me ha respetado mi idea y preferencia. "Lo importante es que a ella le guste, esté cómoda y feliz", le decía a mi padre cuando él trataba de quitarme la idea de cambio de la cabeza.

[Estoy llorando ya, sintiendo que ella necesita más aún este tipo de apoyo que, creo que se lo doy, pero ella seguramente lo quiera recibir de más personas]

- Estuve recordando cada vez que me daba explicaciones sobre las regañinas que me daba, sobre las decisiones que tomaba. Eso me ha ayudado a crecer pensando, a crecer con empatía y con razonamiento. A confiar incluso en su palabra. Yo he llegado a pensar la gran mayoría de las veces que la liaba en casa: "me estoy pasando. Tienen razón". Igual después el orgullo infantil me impedía disculparme, pero ese pensamiento mío nunca habría tenido lugar si nunca me hubiese explicado su punto de vista en situaciones así.

-Estuve pensando en la de veces que nos hemos peleado (y seguirán, he de ser realista) y nos hemos reconciliado. Y, sí es cierto, que cada vez es menos.

Estuve pensando muchas cosas más, pero paré porque, de verdad: iba a romper a llorar e iba a asustarla, porque no venía a cuento.

Y bueno, he de decir que mi hermana tiene 13 años (24 días para los 14, me ha recordado hoy) y yo 24. Sobra decir que sabemos la verdad sobre los Reyes Magos. Este año no hemos colocado el árbol. Es madre, sí, pero también es persona y olvidadiza, como yo. Apostaría que se leha pasado ya, a cierta altura del mes, pensaría: "bah, si total". Pero ahí está ella que, madrugando mañana, está colocando los regalos en el salón para que mañana nos llevemos una grata sorpresa, para que no perdamos la ilusión.


Ante todo, es madre y, para mi, la mejor de todas.



P.D. Algún día te daré esto para que lo leas. ¡Te quiero!