¿Desde el momento en que sale de la tierra hasta que se ve vigoroso y alegre?
¿Y desde el momento en que la semilla eclosiona y aparece a través, tímida, la primera señal de vida?
Seguramente no, ¿cierto? Sin embargo, ahí tienes a este ser ante ti: frondoso y fuerte.
No vi el día en que uno de los dos plantamos esa semilla.
Tú me la recordaste. Tú. Como quien lo hace sin intención. De ese mismo modo que lo hiciste vi un atisbo de felicidad en ti a través de ese recuerdo. Aprecié incluso melancolía.
Oh, dios, melancolía no. ¿No? No lo sé.
Me sorprendió tanto oírte recordar con tanta precisión el día y el por qué nos cruzamos. Me sorprendió más tu cara, tu felicidad, tu sonrisa.
Pasamos largos años conociéndonos sin vernos. Los primeros los recuerdo aún. Hablábamos a diario y creo que me gustabas. Pero solo eras una ilusión. Cuánto tiempo pasó así no lo sé. Igual que tampoco sé cómo de repente todo cesó. No recuerdo nada, pero creo que tú sí lo sabrías.
Últimamente me estás sorprendiendo y no quiero. No quiero que te fijes en mi. Por favor, para si es así.
Lo que sí recuerdo fue lo que sentí cuando nos vimos por primera vez no hace tanto.
Recuerdo ir a buscarte a la estación con un hormigueo en el vientre inexplicable. "Son los nervios de verle por primera vez".
Recuerdo sentarme en el banco a esperarte mientras te escribía: "no te preocupes, me verás" continuamente. ¿Tú también estabas con ese hormigueo?
Recuerdo ver aparecer el autobús.
Recuerdo cómo aumentó el hormigueo.
Recuerdo cómo empezó a correr un frío desde lo más adentro de mi cuerpo hacia fuera y empezar a temblar en pleno verano.
Recuerdo cómo el bus aún no había parado y ya te estaba imaginando bajar por la puerta.
Recuerdo cómo por fin paró y te imaginé cogiendo la maleta del maletero.
Recuerdo cómo se abrieron las puertas y salieron varias personas.
No recuerdo cuántas fueron.
Recuerdo ese momento con ansia por verte ser el siguiente salir.
Recuerdo verte al fin.
Recuerdo ver tu rostro buscándome a tu derecha.
Recuerdo una fuerte presión en mi interior al ser consciente de que eras tú.
Recuerdo ver tu rostro buscándome a tu izquierda.
Recuerdo ver tu rostro encontrándome.
Recuerdo cómo fui hacia ti, como despreocupada.
Recuerdo cómo tu sonrisa se hacía cada vez mayor conforme nos acercábamos.
Recuerdo abrazarte.
Te recuerdo levantándome del suelo con un abrazo y zarandeándome como querías.
Recuerdo que me pegaste a ti demasiado.
No recuerdo lo siguiente que hablamos pero sé que no le dimos oportunidad al silencio.
Sin quererlo llegó la hora de que me marchara, pero no quería irme. En ese momento sentí un impulso natural a besarte, como si fuera un ritual de todos los días. Tuve que controlarme, porque iba a hacerlo.
Y nos despedimos.
Durante el camino de vuelta solo podía pensar en el por qué de esta última sensación.
Un día encartó y te volví a ver. Misma alegría esta vez en un bar. Me presentaste a tus amigas y te presenté a mis amigos. Recuerdo tu olor a cerveza de llevar horas bebiendo. Yo tomé dos. Dos que me hicieron un efecto que nunca me había hecho la cerveza. Volvimos juntos a casa, recordando algunas de nuestras conversaciones, pero, sobre todo, poniéndonos al día. Llegamos a casa y recuerdo que lo pasamos muy bien juntos. Hacía tanto que lo no pasaba así de bien con alguien que casi lo había olvidado. Me sentía cómoda, contenta, feliz y libre. No actuaba con timidez, no me sentía vigilada, no me sentía observada, no me sentía culpable, no me sentía nada mal. No había por qué, pues no había nada malo en lo que había ocurrido. Solo una cosa era raro para mi en todo ello: no te quería. No sentía nada por ti. Ni siquiera compartíamos gustos, ni aficiones ni estilo de vida. Nada. Bueno, sabíamos divertirnos juntos. Desde luego que supimos.
Recuerdo ahora algo malo de aquello. Recuerdo no actuar diferente respecto a aquello al igual que te recuerdo sorprendido por mi actuación. Recuerdo verte esperar de mi un gesto de cariño hacia ti. Y no lo tuviste. Lo sé. Lo siento y no lo siento. Pero es que no te quería ni te quiero. Sentí en ese momento un malestar en mi interior. No quería sentir que te hacía daño. Quería que estuvieras bien, contento por haber disfrutado juntos. Pero nada más. Recuerdo que dijiste que esa era la ventaja de la soltería. Pero, ¿querías?
Ojalá pudiera saber si solo fueron imaginaciones mías.
De aquel día ya llovió. Aún hoy creo ver en tu cara la esperanza que alguna vez yo he albergado en otras situaciones.
Ojalá pudiera ayudarte, de verdad, porque quiero, pero es que no te quiero.
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